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¿Por qué creemos en cosas raras?

La ciencia nunca ha gozado de tanto prestigio como en los tiempos contemporáneos. La era de los mitos como sistema de transmisión del conocimiento entre generaciones (religiones solares para explicar el paso de las estaciones, explicaciones más o menos fabuladas sobre el origen del ser humano, etcétera) desapareció con la divulgación de la información escrita a capas cada vez más amplias de la población y el desarrollo de las tecnologías de la comunicación pareció rematar la panacea del conocimiento científico. Sin embargo a nuestro alrededor se desarrollan una y otra vez explicaciones revisionistas, teorías pseudocientíficas que tratan de reconvertir la retórica de la investigación para sus propios fines y todo tipo de conspiranoias que apuntan con saña a los pilares de la sociedad contemporánea. ¿Cómo es posible que una población supuestamente formada como la nuestra se deje convencer por este tipo de argumentos?

Michael Shermer, historiador especializado en temas científicos y fundador de la Skeptics Society, dedica ¿Por qué creemos en cosas raras? (Alba Editorial) a desmontar paso a paso todo tipo de teorías, especulaciones e infundios sobre asuntos religiosos, científicos y políticos. La suya es una obra que ha tardado demasiado en ser publicada en castellano (el libro es de los últimos años 90 pero no vio la luz en España hasta finales de 2008), aunque una década después de su primera edición en Estados Unidos su vigencia sigue siendo máxima: la abundancia de inputs en Internet no ha logrado divulgar el saber como se espraba. En su lugar ha dado fruto a una fractalización casi absurda del conocimiento: como dijo Napoleón Bonaparte, “la realidad tiene límites; la estupidez, no”.

De Shermer no se puede decir que sea un tipo obtuso que nunca ha querido saber nada de situaciones delicadas o que contradigan sus propias ideas: al contrario, alguna vez ha creído –o al menos tratado de comprender– las explicaciones más o menos surrealistas que los demás le daban a determinados asuntos. A lo largo de su vida ha debatido con gente que aseguraba firmemente que en los campos nazis de exterminio no habían muerto judíos o que aseguraba haber sido abducida por los los extraterrestres y aun así trata de mantener un actitud receptiva hacia ellos. Su conocimiento de primera mano de los otros y el rechazo de una actitud dogmática hacen de la lectura de sus libros no sólo un acto de reconciliación con el pensamiento científico que el hombre ha ido heredando, ampliando y moldeando civilización tras civilización, sino también un modo de aproximarse al pensamiento reduccionista de los demás sin caer en sus mismos fallos.

Las experiencias cercanas a la muerte centran uno de los capítulos del libro. En vez de limitarse a decir que éstas son simple y llanamente productos de la fantasía y la sugestión, Shermer se aventura a exponer una tercera explicación: que las personas que creen vivir una de ellas en realidad experimentan un “estado alterado de la conciencia” que podría activar en su cerebro recuerdos habitualmente borrados como el propio alumbramiento. Para dar una visión depurada de las abducciones alienígenas parafrasea a Hume: “¿Es más probable que los demonios, espíritus, fantasmas y alienígenas hayan abusado sexualmente de los humanos y lo sigan haciendo o que los humanos estén experimentando fantasías e interpretándolas en el contexto social de su época y cultura?”

El epígrafe dedicado a desmontar la lacra creacionista es quizás de los más interesantes: en él Shermer da detalles sobre cada uno de los debates que ha tenido con personas partidarias de la absurdamente llamada ‘ciencia de la creación’ (“Que llamemos a algo ciencia musulmana, ciencia budista o ciencia cristiana no significa que sea ciencia”, afirma con rotundidad) y desmonta con precisión todas las reductio ad absurdum de los partidarios de enseñar a los niños que las teorías desarrolladas desde el tiempo de Darwin no son más que “la base del marxismo, del comunismo, del ateísmo y del declive general de la moral y de la cultura”.

Deja a los creacionistas sin palabras, borra de un plumazo las fantasiosas abducciones y critica sin piedad las tertulias televisivas que presentan falsas dicotomías como si fueran posturas irreconciliables, pero si por algo destaca el libro de Shermer es por su estudio de la negación del Holocausto. Los revisionistas utilizan cualquier laguna en los relatos sobre las deportaciones, las cámaras de gas y las ejecuciones masivas para tratar de demostrar que la incoherencia entre ciertos datos –como la cifra de fallecidos– demuestra la falsedad de la tragedia. Como dice Shermer al responderles, “la verdad sobre el Holocausto no se corresponde con un canon inmutable que no puede alterarse”. Es posible, por tanto, que los números bailen o que los recuerdos de algunos supervivientes estén deformados por el paso del tiempo, pero la enorme cantidad de pruebas que existen sobre lo que pasó en diversos campos del centro y este de Europa en la primera mitad de la década de los años 40 del siglo XX no deja lugar a dudas sobre la política premeditada de eliminación étnica que pusieron en marcha Adolf Hitler y los mandos del partido nazi.

¿Por qué creemos en cosas raras? Alba Editorial. 519 páginas.

Publicado originalmente en ElConfidencial.com.

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