La ‘memoria histórica’ de la Hungría comunista

Está algo alejado del centro, pero cualquier visitante que ponga un pie en la majestuosa Budapest oirá hablar de él: el parque Memento, ubicado en una amplia llanura a las afueras de la ciudad, es un punto de interés para los viajeros que buscan entender la imposición del comunismo en Europa del Este, acontecimientos como la revolución húngara de 1956 o, finalmente, el colapso y la caída del sistema a finales de los años 80.

Las huellas del comunismo y la represión están presentes en pleno centro urbano de Budapest, aunque aparecen mucho más disimuladas que en otras capitales de la Europa del Pacto de Varsovia. A diferencia de Moscú, donde Vladímir Lenin sigue apareciéndose en cada esquina en forma de postal, afiche o souvenir turístico, en el centro de la capital húngara lo que se recuerda –con una mezcla de dolor y orgullo– son las balas que los francotiradores dispararon contra quienes se manifestaban frente al parlamento durante la revolución de 1956 oponiéndose a la URSS y su gobierno satélite en territorio magiar.

Tanto las democracias populares de Europa del este como la Unión Soviética fueron prolijas a la hora de conmemorar sus logros y transmitir su propaganda a través de las artes. En pintura gracias a un profuso trabajo de cartelería, pero sobre todo en las esculturas, las autoridades comunistas vieron en el arte público un modo eficaz y directo de llegar a cualquier ciudadano y a ello se pusieron. Los dirigentes ordenaban construir ‘homenajes al pueblo’, se regalaban grandes bustos los unos a los otros… de tal modo que sus urbes estaban plagadas de hitos y recordatorios de la grandeza del sistema.

Al igual que en la mayoría de las ciudades de la antigua Europa comunista, en Budapest hoy es bastante difícil –por no decir prácticamente imposible– encontrar alguna estatua alegórica de aquellos tiempos. En el centro queda una de una gran estrella dorada frente al edificio que paradójicamente ahora alberga a la Embajada de EE.UU., a tiro de piedra del Parlamento, aunque está rodeada por unas grandes vallas para evitar que nadie tenga ganas de echarla abajo. El resto pervive en el Memento Park, una institución prácticamente única en Europa que se encarga de preservar el recuerdo de la barbarie para las generaciones futuras.

A la entrada unas gigantescas botas recuerdan, elevadas sobre su pedestal, el día de 1956, cuando los húngaros no pudieron más y acabaron derribando la estatua de Iosif Stalin. Fue el 23 de octubre, una fecha marcada con sangre desde entonces en la historia del país. Del megalómano monumento sólo se mantuvieron en pie los zapatos y allí se quedaron, como símbolo de la revolución, hasta que las autoridades aplastaron la revuelta. La mano, única pieza que quedó entera después de que el pueblo despedazara la escultura, se exhibe hoy en el Museo Nacional.

El georgiano falta en este espacio, pero no así Marx y Engels, que tienen sus recuerdos a la entrada del complejo. Antes de estar aquí esta escultura doble se encontraba frente al Parlamento húngaro. A continuación se suceden los monumentos alegóricos de la ‘amistad soviético-húngara’ y la ‘liberación’, estatuas de conmemoración de la lucha y hasta un recuerdo de a los húngaros que participaron en las Brigadas Internacionales que combatieron contra las tropas franquistas en la Guerra Civil española. La imponente escultura del soldado soviético liberador, con sus seis metros de alto, también intenta hacerse un hueco. Tiene difícil encontrar acomodo aquí: antes de estar en el parque su ubicación era lo más alto de la colina de Gellert, una de las que domina Budapest, desde donde podía ser vista por cualquier persona en la ciudad.

¿Es el Memento Park una especie de templo consagrado al comunismo? En absoluto: “El parque está dedicado a la dictadura y al mismo tiempo, ya que se puede hablar de ella, describirla y construirla, el parque también está dedicado a la democracia”, explica el arquitecto Akos Eleod, diseñador conceptual del espacio. No hay que pensar que los que acuden a él sean nostálgicos de otros tiempos: puede que los haya, pero son los menos.

Aquí no se celebran ni reuniones políticas ni conmemoraciones: el grueso de visitantes está formado por familias que quieren que sus hijos conozcan los resortes del comunismo y turistas curiosos de conocer el mundo tras el Telón de Acero. Tras sus muros sólo hay espacio para el recuerdo, para el sentimiento doloroso de un tiempo que ya pasó y al que nadie quiere regresar: un modo de recuperar la ‘memoria histórica’ en el que Hungría es pionera.

Publicado originalmente en Vanitatis.com.

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