Kate Moss, ese mito posmoderno del neoliberalismo

Lleva dos décadas en la cumbre de la industria de la moda, cada año entran en su cuenta más de ocho millones de dólares y su imagen sigue siendo un reclamo deseado por cualquier marca que quiera convertir en oro las ventas de sus productos, pero el nombre Kate Moss significa más que todo eso. Más allá de la persona, la modelo británica es además un fenómeno de masas que sirve para relatar la evolución social del neoliberalismo desde la caída del Muro de Berlín. Eso afirma Christian Salmon, escritor francés que acaba de publicar Kate Moss Machine (Península), un ensayo que no sólo debería interesar a los interesados en la moda, sino a cualquiera que quiera comprender cómo se generan las transformaciones sociales.

“No hablo de Kate Moss como persona, sino del fenómeno Kate Moss, que es algo social, cultural y en cierto modo también antropológico”, aclara Salmon, articulista de Le Monde, nada más arrancar su entrevista con El Confidencial. No estamos, por tanto, ante un repaso de sus fiestas y amores, aunque se hable de ellos. Vapuleada por los tabloides a cuenta de sus excesos personales e idolatrada por su capacidad camaleónica ante la cámara o sobre la pasarela, su trayectoria sirve a Salmon para trazar un afinado mapa de situación sobre el sistema social neoliberal.

Cuenta el libro que el mundo vivió a partir de la caída del Muro de Berlín un impasse que sólo se resolvió con la apoteosis iconoclasta del terrorismo en forma de atentado contra las Torres Gemelas una soleada mañana de septiembre de 2001. La década de los 90 quedó en tierra de nadie entre los dos siglos y los jóvenes buscaron referentes distintos para un sistema cultural en standby. “Atrapada en la nasa del tiempo en suspenso, la generación que accedió a la edad adulta en la década de 1990 se encontró con una situación de ingravidez narrativa”, explica Salmon en su libro. Era el momento perfecto para experimentar estrategias discursivas diferentes y de paso dar entrada a un nuevo sistema social y, por extensión, también de la moda.

Durante los años 90 la transgresión pasó a ser un valor que debía ser tenido en cuenta. “Se trata de la evolución neoliberal”, explica Salmon en la conversación. “El individuo neoliberal ha de ser flexible, adaptable, una especie de empresario de sí mismo que constantemente hace experimentos con su propio cuerpo”, tal y como ha hecho Moss. “El que haya durado dos décadas está relacionado con el hecho de que más que una modelo es una actriz que cambia constantemente de papel”.

El reportaje que marcó el comienzo de su carrera, aparecido en la revista The Face en julio de 1990, daba a conocer una joven con penacho indio, sin maquillaje y “con una ingenuidad infantil” que se adivina en una risa algo forzada. Los tiempos reclamaban una naturalidad diferente, espontánea, que sirviera para construir nuevos tipos humanos más allá de los roles establecidos, y entonces llegó ella.

Es en ese momento cuando, de la mano de la transgresión, entra en juego la negatividad operativa, el simulacro del que habló décadas atrás Jean Baudrillard. El filósofo francés ya advertía en su ensayo La precesión de los simulacros que “todos los poderes, todas las instituciones, hablan de sí mismos por negación, para intentar, simulando la muerte, escapar a su agonía real. El poder quiere escenificar su propia muerte para recuperar algún brillo de existencia y legitimidad”. Salmon, que en un momento de la conversación cita El intercambio simbólico y la muerte como obra de referencia, recuerda que “cuando Baudrillard escribió todo eso el neoliberalismo todavía no existía y sin embargo él fue capaz de ver cómo se iba perfilando a través del concepto del simulacro”.

El libro explica que “Moss no encarna una deriva del sistema, sino su ideal-tipo. Es la rebelde integrada”. Tras todo esto se esconde la idea de transgresión, que para el autor es una de las bases de la sociedad neoliberal. “En el capitalismo tradicional predominaban los valores de la transmisión y la herencia, totalmente contrarios a la transgresión, pero en el neoliberalismo se promueve ese valor como modo para exonerarse de toda contestación real. Es una especie de asimilación de la contradicción”, aclara Salmon.

“La idea del transformismo es un aspecto esencial de la moda en la actualidad, entendida esta no ya como un teatro de la representación, sino como un laboratorio donde se crean prototipos humanos que son al mismo tiempo hombre y mujer, niño y adulto…”. Esa capacidad mutante (cyborg, como señala él retomando el manifiesto de Donna Haraway) es una de las características de la nueva moda surgida a partir de los 90. La concepción clásica de la moda, aquella que apela a un ideal de belleza pura y casi religiosa, pasa a ser lo que llamaríamos “una idea vigesímica, igual que si fuera del siglo XIX diríamos decimonónica”.

Kate Moss es para Salmon metáfora de la sociedad neoliberal, pero queda por saber cuáles son las reglas que en este nuevo modelo social han sustituido a los tradicionales valores burgueses establecidos tras las revoluciones racionalistas del XVIII. ¿Es Moss un reverso neoliberal de la Marianne de la República Francesa? “Si así fuera, sería la figura de una soberanía neoliberal (no sabemos si podríamos seguir llamándola república) en la que la tríada de igualdad, libertad y fraternidad habría sido sustituida por un individuo que ha roto con el pasado, que está liberado de la lealtad hacia su patria o familia y que desprecia los valores del pasado para centrarse en el presente y obsesionarse por lo performativo, lo potencial”, asegura el autor.

El individuo modelo de ese sistema “es un ser flexible, adaptado a todo tipo de circunstancias, y lleva a cabo experimentos consigo mismo hasta la ruptura. El sistema se ampara en el individuo, lo absorbe para llevarlo hasta el final de la experiencia y conducirlo a la sobredosis, al suicidio como ha ocurrido en France Telecom”. Esta saturación puede venir dada por la moda, pero también por productos tecnológicos, por la comida… Tiene lugar, en definitiva, ese fetichismo de los objetos que, combinado con la obsolescencia de éstos, define a los seres contemporáneos. “El individuo”, explica, “ha de tener un uso estratégico constante de sí mismo, y este ha de estar regido por la ley de la intensificación, en una identificación siempre mediada por los objetos de consumo”.

Le preguntamos antes de terminar por lo que quedará de todo esto tras la crisis económica de finales de la primera década del siglo XXI. “Yo espero que la crisis de 2008 desempeñe esa función de límite que hemos querido ignorar y alejar todo el rato”, asegura. “Del mismo modo que la ecología nos hace conscientes del límite de la explotación de los recursos, habría que desarrollar una especie de ecología del espíritu que nos hiciera conscientes de que hay un límite en el uso de los recursos humanos”, remata.

Publicado originalmente en ElConfidencial.com.

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