Las Canteras: el mundo entero en una playa

Dos hombres de mediana edad se saludan en el malecón a la altura de la ‘Playa Chica’. Hace tiempo que no se ven, y tampoco se conocen demasiado, pero si uno está paseando por Las Canteras y se encuentra con alguien hay que saludarle, así lo estipulan normas no escritas. La playa favorita de los habitantes de Las Palmas de Gran Canaria es un lugar bastante teatral, todo un escaparate del mundo. Allí la gente se saluda, pasea, toma el sol, se ama, come, pesca y sobre todo respira vida las 24 horas del día. Con un clima que desdibuja en las mentes de sus visitantes el concepto de invierno, la ciudad (que según el diario británico The Independent “reclama con justicia ser la capital del Atlántico”) pero sobre todo su playa son un auténtico tesoro al alcance de la mano.

Con sus más de tres kilómetros de longitud y arena fina y dorada, la que en tiempos se conoció como bahía del Arrecife recorre la costa occidental de la ciudad desde la desembocadura del barranco de la Ballena hasta los volcanes de La Isleta, en cuyo proceso de unión al resto de la isla nació la playa. Las Canteras se asienta ahora sobre gran parte del istmo que une las dos zonas. Al otro lado, el Puerto de la Luz. Ignorada hasta el siglo XIX, cuando los ingleses que difundían en Canarias sus ideas y costumbres se fijaron en la bahía de arena que quedaba al otro lado de los recién construidos muelles (“Turistas de quince guineas, viajes de ida y vuelta: inglesas de pamela y lores de similar enfermos del hígado”, escribió el literato canario Alonso Quesada), fue durante el siglo XX pionera en el turismo urbano, vivió la decadencia que sufre toda estrella y logró hace años reinventarse a si misma, reconciliándose de una vez por todas con la ciudad que, en el fondo, no hizo más por ella que confinarla a una anchura media de cincuenta metros cuando antes era un inmenso bancal con dunas conformadas por los Alisios.

Situada en el vértice septentrional de la playa, La Puntilla es el lugar perfecto para comer algo de pescado fresco y admirar, por ejemplo, el Móvil al Viento, una de las últimas obras del lanzaroteño César Manrique. Los pescadores artesanales han faenado aquí día a día desde hace muchos años. Décadas atrás, en la otra punta de la playa, donde ahora se levanta el Auditorio Alfredo Kraus proyectado por Oscar Tusquets, funcionaba la industria conservera más importante de las islas.

Las barcas artesanales han ido desapareciendo poco a poco de otras partes de la playa pero en La Puntilla quedan varias decenas, volcadas sobre la arena cuando los pescadores están descansando o faenando si no, cogiendo algo del pescado que luego se podrá degustar en la entrañable terraza abierta al mar del Amigo Camilo o en La Marinera, junto a la escuela de vela del Real Club Victoria.

La zona de la playa más cercana al puerto está repleta de todo tipo de comercios, desde los tradicionales locales de perfumes y electrónica regentados por comerciantes hindúes hasta artesanía, regalos u objetos de cualquier tipo. Allí también se concentra el mayor número de hoteles, y más hacia el sur el paseo se hace cada vez más cercano y ‘de barrio’.

Hacia el norte, el paseo ha ganado en los últimos años más de un kilómetro de recorrido hasta llegar a la zona de El Confital. En este camino, más pegado a la orografía volcánica de la zona, se puede disfruar de las olas rompiendo con fuerza contra las calas, para acabar en una de las playas más admiradas por los surfistas canarios gracias a su ola derecha. Por todos lados, personajes peculiares que hacen de la playa su escenario llaman la atención de los paseantes.

Uno de los hombres que se saludaba antes en la ‘Playa Chica’ podría haber sido Alfredo Bryce Echenique, que pasó temporadas en un hotel situado en la playa y que recordaba, en un artículo publicado en El País sobre este malecón, “a los exhibicionistas que gustan frecuentarlo para mostrarse en toda su imbecilidad, sólo atenuada por el componente de locura que debe haber en ella”. El escritor rememora con desagrado, por ejemplo, a la ‘loca de las pelotas’, una mujer a la que los asiduos ya hace tiempo que no ven, pero que cuando aparecía por allí se dedicaba a hacer ridículas coreografías con balones deportivos que, en el fondo, entretenían y animaban a los espectadores de este cátalogo del muestrario humano.

Las Canteras es una especie de Gran Vía que mira al mar, el Times Square de una ciudad que parecer estar despertando de un letargo demasiado duradero y sobre todo, el lugar ideal para escuchar el susurro del mar creando música con el murmullo de la gente. Conocerla a través de sus personajes e historias es el mejor modo para empaparse de su romántica historia y su prometedor futuro.

Publicado originalmente en Vanitatis.com.

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