Triball: ¡Levantad los adoquines, las tiendas están debajo!

Resulta imposible no esbozar una sonrisa cuando se lee la historia del centro de Madrid que  Mesonero Romanos narró en El Antiguo Madrid. Las tierras que Juan de Victoria Bracamonte tenía en el entonces arrabal de Madrid “fronteras al camino de Fuencarral” acabaron siendo divididas por su hijo “en noventa y cinco solares con el censo anual de dos reales y una gallina y con la condición de que habían de edificar en ellas bajo la traza que le diere el alfarife Francisco Lozano”. Poco queda cuatro siglos después de aquel suburbio que pasó sin pena ni gloria escondido en la capital de un imperio transoceánico, que siguió siendo el cul de sac de un reino desvencijado y que acabó por convertirse en el sórdido patio trasero de la opulenta Gran Vía, con todo lo evocador que el adjetivo y el sustantivo de esta calle pueden tener. El ayuntamiento no quiere una ciudad olímpica con prostitutas y toxicómanos en la confluencia de la principal calle comercial de la ciudad, y se ha puesto manos a la obra con la inestimable ayuda de la iniciativa privada.

El centro de Madrid está cambiando frenéticamente de aspecto y a este ritmo no lo va a conocer ni la madre que lo parió. El carácter mutante y las transformaciones constantes son características básicas que definen a la ciudad contemporánea, pero el vuelco que ha pegado la zona cercana a la Gran Vía durante los últimos años ha transformado por completo el barrio, sus viviendas y sus habitantes hasta llegar a desdibujar el propio significado del concepto ‘barrio’. La última propuesta surgida de la iniciativa privada con el apoyo indisimulado del Ayuntamiento resulta un ejemplo perfecto de este cambio en el modelo de ciudad.

“No pega ni con cola”, se queja Laura, una veinteañera que lleva diez años viviendo en la calle de Muñoz Torrero y que dice querer “que se regenere el barrio, pero no con tiendas”. Su queja tiene que ver con el proyecto Triball. Desde comienzos de 2008, las calles comprendidas entre la de Valverde y la Corredera Baja de San Pablo forman parte de esta iniciativa que pretende gestionar los locales comerciales de la zona para instalar en ellos tiendas de jóvenes diseñadores, espacios culturales y cafés trendys.

Las sinergias de esta peculiar colaboración entre Triball y el Ayuntamiento han levantado las sospechas de no pocos vecinos e incluso se ha llegado a crear una activa plataforma en contra del proyecto tras la que se encuentra el colectivo artístico Todo por la Praxis. De todos modos desde el Consistorio insisten en dejar clara la relación entre la empresa y la administración: “Nosotros sólo colaboramos apoyando las acciones que ellos desarrollan, como autorizando la instalación de mercadillos”, destaca José Enrique Núñez, concejal del Distrito Centro, a la vez que remarca que a estas alturas “no sabemos si se materializará algún apoyo en forma de subvención”.

Esta particular idea de centro comercial horizontal y al aire libre, integrado en (o sustituyendo a) la estructura de la ciudad, es en realidad un concepto importado que ya ha sido probado en grandes capitales como Berlín o Nueva York, y también en urbes más pequeñas como Liverpool. En la práctica, una empresa comercializadora se encarga de encontrar salida a los locales de un promotor del mismo modo que se hace con los grandes malls. Como explica Rafael Serrano, portavoz de la Asociación Española de Centros Comerciales, “en Triball se aplicó la tecnología de los centros comerciales”. El ‘mix comercial’ (la combinación de tiendas de moda, locales de restauración y otros servicios) corrió a cargo de Grove Consultores, empresa de Francisco Javier García Renedo, también presidente de la patronal de las grandes superficies.

“Ese trabajo ya está terminado”, apostilla Serrano, que cree que para completar el proyecto hubiera sido necesario hacerse con el solar del Convento de Don Juan de Alarcón que se encuentra en la confluencia de la calle de Valverde con la de Puebla y abrir allí un centro comercial vertical. “Lo mismo ocurrió en Fuencarral: en torno al Mercado se establecieron comercios que se promocionaban por Internet y conseguían atraer a clientes que conocían las tiendas incluso antes de llegar a Madrid”. Lo cierto es que el Mercado de Fuencarral, abierto en 1998 en el número 45 de esa calle, fue el último en llegar a una vía que ya llevaba años acogiendo tiendas vanguardistas y de jóvenes diseñadores. De hecho, su apertura marcó un punto de inflexión y desde entonces las pequeñas tiendas multimarca fueron sustituidas paulatinamente por locales de grandes firmas iguales a los de cualquier mall.

De todos modos, si el Mercado de Fuencarral era ejemplo de independencia y modernidad ya ha dejado de serlo: recientemente se ha sabido que el 15 de enero echará el cierre tras una década siendo un referente en Madrid. La marca se quedará con su única sede de Valencia, donde abrió en 2007 convertida ya en una gran superficie a la antigua usanza, con sus cadenas de ‘moda democrática’ y un multicine con 16 salas. Como cada vez que desaparece un local emblemático en el centro de Madrid los rumores sobre quién se va a hacer con el edificio de tres plantas ya han comenzado, y la leyenda popular ya apunta a Inditex. Lo mismo ocurrió cuando la tienda de discos Madrid Rock echó el cierre en plena Gran Vía.

El ritmo al que está mutando el centro de Madrid es frenético a pesar de la crisis: las calles de la Ballesta, Loreto y Chicote o Nao ya están patas arriba, esperando los trabajos que las convertirán en vías empedradas: ¡Levantad los adoquines, las tiendas están debajo! Desde el Área de Comercio del Consistorio, por su parte, aseguran que la reforma de Fuencarral “sigue adelante” a pesar del anuncio de postergar los proyectos no licitados, pero en las calles aún hay más mujeres ejerciendo la prostitución que fashion victims comprando en tiendas cool.

Los planes para rehabilitar la zona “hablaban al principio de limpiar las calles”, como denuncia Mamen Briz, del colectivo Hetaira, que trata de acercar la realidad de las trabajadoras del sexo a la sociedad. “Captar clientes en la calle no es el mejor método del mundo”, continúa, “pero el Ayuntamiento, que tiene la principal responsabilidad, tampoco da otras salidas que no sean el hostigamiento”. Hetaira, que perdió su local en la calle del Desengaño nada más comenzar el proyecto Triball (“El edificio fue uno de los primeros que compraron y nos tuvimos que ir, como el resto de los vecinos, aunque luego sí se han preocupado por saber de nosotras”), organizó antes de verano la pasarela Lumi Fashion para tender puentes entre las prostitutas y los vecinos. Vecinos, que no clientes, de un barrio que aspira a ser algo más que un simple centro comercial.

Publicado originalmente en Vanitatis.com.

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