¿Se convertirá la austeridad en la próxima tendencia?

Más de 400.000 puestos de trabajo sólo en España, un volumen de negocio anual de 23.000 millones de euros, el cuarto puesto en el PIB… ¿Es la moda un fenómeno tan liviano como muchas veces puede parecer? Roland Barthes arrojó algo de luz en los años 60, en pleno auge del pret-a-porter, cuando dijo que la moda no puede ser ni seria ni irónica y que permanece siempre en un lenguaje entre esencial y accesorio. A profundizar en estas paradojas y en su papel social está dedicado el Congreso Internacional de Moda que tiene lugar estos días en el Museo del Traje. En él ha habido tiempo para analizar la dimensión socio-cultural de la moda y el debate ha contado con las posiciones en algunos momentos encontradas del sociólogo Gilles Lipovetsky, reivindicador de la ‘hipermodernidad’, y de semiólogos como Omar Calabresse o Jorge Lozano, que predijo que una vez colmados de excesos buscaremos la austeridad como la nueva tendencia igual que hasta ahora lo hicimos con el lujo.

¿La sociedad cambia las modas o bien ocurre al revés, que es la moda la que marca el ritmo al que se mueven la cultura y los hombres? El pensamiento de Lipovetsky, profesor de la Universidad de Grenoble y autor de El imperio de lo efímero, está más cerca de la primera postura. En su conferencia defendió la idea de que la moda se inscribe en nuestro tiempo dentro de lo que él mismo ha dado en llamar hipermodernidad. Para él asistimos a un momento en el que se ha roto con los postulados de la ‘moda moderna’ (la que se dio entre 1860 y 1960) y con su monoteísmo y su geografía hegemónica con París como capital mundial y la alta costura como único dios.

Superada la posmodernidad, las características de este nuevo estadio de la modernidad -y por extensión de la moda- llegarían en gran medida del paso de un trabajo artesanal al surgimiento de una industria que es capaz de crear ropa tan ‘de moda’ como la de las casas dedicadas al lujo y distribuirla por infinidad de canales. Fenómenos como las colecciones de grandes diseñadores para H&M, la predilección de Zara por las calles más caras de las ciudades en las que se instala o el aumento de las ventas por catálogo o a través de internet reflejan para Lipovetsky un papel creciente del sistema de producción y de distribución, del marketing y el branding, de los medios…

El lujo de la experiencia concreta y única o la ausencia del hombre en la moda y el ‘mito de lo unisex’ (“El hombre no se maquilla ni lleva falda, aunque haya casos concretos en los que sí ocurra, mientras las mujeres se han apropiado de casi todos los códigos de la apariencia masculina”, opina) definen también la situación actual de la moda para Lipovetsky, y precisamente sobre este último punto ha reflexionado el no ortodoxo Omar Calabresse. El semiólogo italiano señaló que la elegancia masculina refleja, vista en perspectiva, las mismas paradojas de la moda que la femenina, y contrapuso su postura a la del francés. Para Calabresse en algunas épocas hay hibridación entre lo masculino y lo femenino, y “no es válido decir que hay una oposición radical entre hombre y mujer”.

La moda masculina, como explica cargado de ejemplos, ha existido desde antiguo y ya en el siglo XII se constituyeron los primeros gremios de sastres y tintoreros, artesanos que trabajaban para un hombre que se veía entonces expuesto a una presencia pública constante. También desde entonces se quiso poner coto al lujo a través de las llamadas leyes suntuarias, pero éste acabó abriéndose paso: es, como explica Calabresse, “connatural a la moda”. Tampoco son fenómenos nuevos la difusión de los estilos a escala internacional y su repercusión en todas los estratos: el estilo español era un auténtico must have en Europa durante los tiempos de Felipe II y la primera gran obra dedicada a la moda, el Libro del sastre de Juan de Alcega, de 1589, trataba trajes para todas las clases sociales y tardó poco en ser traducido a otros idiomas. También existía para entonces la firma como concepto de trabajo artesano.

A partir de entonces el hombre ha tenido diferentes modelos de elegancia que han variado desde la donosura a la afectación, un auténtico ‘star system’ con estrellas a las que se copiaba el estilo y que marcaban tendencia. En el XIX, con la oposición vida ocupada/vida elegante, surgen también el snobismo y el dandismo, que tienen un caracter hedonista marcado. El Tratado de la vida elegante de Balzac o el Tratado sobre la corbata son de esta época en la que Beau Brummell impartía cada nuevo día lecciones sobre elegancia masculina (“Compuesta en gran parte por lo que no se nota”, como él decía).

El siempre incisivo y genial Jorge Lozano marcó diferencias desde el comienzo con la postura de Lipovetsky y reivindicó el estudio de la sociedad a partir de la moda y no al revés. “En este momento todos hablan de crisis, pero intelectualmente es una situación fascinante”. El mayor impulsor de la semiología de la moda en España planteó la moda como un metrónomo cultural, metáfora que subraya un ritmo, el de la moda, que va generándose con cada movimiento pendular. Es mutante, aunque su velocidad no depende de factores externos. El cambio se da a velocidades diferentes en las especies, en un fonema o en la política, aunque hay momentos que marcan una diferencia.

“Es evidente”, explica Lozano, “que decir después del 11-S que va a haber un tiempo de austeridad resulta ahora prácticamente una tautología, pero después de la austeridad vino el lujo (incluso de masas, de alcantarilla…) y ahora toca austeridad”.  Dice el catedrático de la Complutense que “la moda empieza decir ‘os vais a enterar’, ‘vamos a jugar con otras cartas’. Lo oculto, lo que se muestra críptico, el secreto… pueden aparecer después de tanta obscenidad”.  Aviso para navegantes: como anticipaba Chuck Palahniuk en el relato de ficción Vacaciones en el arroyo, “la pobreza es la nueva nobleza”.

Publicado originalmente en Vanitatis.com.

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